martes 8 de enero de 2008

(La siguiente es una obra escrita en movimiento, improvisada, alterada en fondo y forma, es decir, ridícula e inconsecuente, pero aún con un bicho de esperanza, esperanza que a esta altura es más mosca que mariposa en todo caso. Bueno, esto va en tres actos, que en el fondo son dos y el último no iba a ser, pero producto de lo manifestado previamente fue fácil cambiar la edición e interrumpir la idea central, que entre nosotros era asquerosamente influenciada. Aviso que los actos son solamente interrupciones y seudos títulos en un ensayo que busca inquietar al lector con la alteración de la forma)


De vuelta a la pieza ¿del ruido a la música?

¿Habrá un lugar donde poder guardarse, donde el retiro sea cierto y no un juego de “escondidas” Sé volverá realmente a la pieza o seguiremos exhibiendo desde nuestra celda-jaula-circo toda la miseria humana que vemos y somos en alguna calle, en el metro o en las galerías comerciales?

Primer acto: Alerta colectiva / La fragilidad brutal de las cotidianidades


Son casi las once de la noche, es día viernes en Santiago y Jodorowsky se ha presentado hace unas horas en el Caupolicán para mostrar su Psicomagia. Teatro lleno. Subo a la micro de vuelta a casa. Vuelve conmigo, también, la última oleada de trabajadores de la capital: cansada, durmiente, herida. Damos el último gran esfuerzo del día que es soportar el transantiago; la singular sinfonía fortísima del motor, las miradas molestas, el ruido de las bocinas, el griterío del comercio ambulante, los barristas de la “garra blanca” que aunque no son muchos están ahí, supuestamente (quiero creer), embelleciendo el paisaje con sus colores uniformes y sus caras de “pequeño ritual” (termino no creyendo), y obligados a oír alguna conversación horrorosamente trivial. A esa altura ya no entiendo nada, pero por si acaso, alzo la palma de mis manos y hago un “om” hacia la gente (como minutos antes hiciéramos cinco mil personas para sanar y para sanarnos en el cabaret místico del tocopillano-francés-mexicano Alejandro Jodorowsky) al principio con la intención de cambiar algo, luego me doy cuenta que sólo quiero ser una especie más en esta jungla. Otra distancia.

Una muchacha va en los últimos asientos de la micro decidida a vencer su tiempo (a veces son dos personas, creo que en el día he llegado a contar más de veinte). Abre la mochila y lo extrae. Me acerco a ella y con cuidado observo el título del libro “El Inútil” de Joaquín Edwards Bello. Comienza la batalla por leer, la micro se mueve, la luz es muy baja (porque no es bus cuncuna, es micro de las viejas) un lomo de toro, otro más y ella empieza a desistir, pero al final sigue con su lucha. Yo por mi parte imagino un posible diálogo con ella y le digo:

-Cuesta leer
-La verdad es que sí, un poco.
-¿Sabes? Yo a veces igual me concentro acá o en el metro y es raro porque esto va de locos.
-Ah si, debe ser la costumbre, siempre todo va lleno.
-(“Siempre todo va lleno”. Pienso mientras imagino que me habla. O sea, que imagino un cierto diálogo, imagino sus palabras y luego me imagino criticando o ampliando sus planteamientos que ya son míos)
-Oye, ¿y que tal Edwards? (le pregunto)
-Como su nombre (me dice con una sonrisa inocente)
-(Yo no me río y quedo pensativo. No le vuelvo a hablar)


Interludio/Intermedio: la estupidez de lo positivo (Un café y galletas. También se pueden adelantar propinas o salir a tomar aire)

Llego a la pieza y en vez de arreglar algo, este gran desorden, prefiero seguir esperándola y es porque tal vez el problema no está en que la guitarra esté en cima de la cama y esta esté sin hacer, o la bolsa de basura llena, o que todo, ¡pero todas las cosas no estén donde tienen que estar!, si no que el problema tal vez esté en que en el fondo, en alguna parte, nos persigue, nos deambula y conforta (estúpidamente) la misteriosa/horrible sensación de que en algún punto se va mejor-ando.


Segundo acto: Los impulsos y la creencia en “héroes” por tantos años de influencia yanqui (parte improvisada devenida de lo bueno que estuvieron las propinas y mi alegría al verlos despertar con el café o con el aire. El artista promete un…) / Reconocerse perdido es otra forma de encontrarse.


Muy lejos de aquí, de mí, alguien canta, no sé quien. Y decide enfrentar a la máquina, y al mismo tiempo pretende escabullirse del “pesado ojo”. Y todo es un mismo camino. Un camino hacia algún rincón, que si bien puede estar infestado, abandonado y frío es “propio” es de ese alguien y a mi me provoca cierta envidia y comienzo a echarme de menos.

“El cuarto viejo donde solíamos entrar de niños, aquel donde nos escondíamos del mundo y que fuimos dejando por algún motivo ( porque ya nos sentíamos grandes, o porque mamá nos descubrió una tarde ahí, o tal vez, simplemente, por las telarañas, por las mismas arañas. Pero no por las moscas) está empezando a volver, a reclamar su lugar”


Cierre

Quiero creer/Termino no creyendo-me
Gracias

Insisto ¿Y la pieza? ¿Será este tiempo el tiempo de la definitiva “Muerte del espejo”?